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 Universidad y Libertad para Crear

Universidad debiese ser independencia, autonomía interna y externa, participación, discusión y acción. Para esto, se hace necesaria, sobre todo, estabilidad laboral, reglas y normas claras, unidades académicas y facultades creadoras de sus propios proyectos, tejidos dentro de  una propuesta institucional común, democráticamente concordada.

Universidad debiese ser absoluto respecto a la independencia de los estamentos que la componen. Para esto, es necesario entender que la base académica se encuentra en las unidades básicas y las macrounidades a las que se encuentran adscritas, referentes a partir de los cuales deben surgir las iniciativas institucionales. Complementariamente, es fundamental contar con asociaciones de funcionarios y federaciones de estudiantes fuertes y autónomas y mecanismos institucionales que faciliten la resolución de conflictos internos.

Universidad debiese ser equidad normativa para todos, expansión de derechos individuales y colectivos allí donde sea requerido y fundamental, responsabilidades y deberes compartidos desde la base institucional a la administración superior. Debiese ser ausencia de mecenazgo y presencia de un uso “natural” de lo disponible. Para esto, es necesaria una política organizacional nueva y adecuada a estos fines.

Universidad debiese ser alternancia en el ejercicio de todos y cada uno de los cargos académicos o de dirección superior, incluso los de confianza. Para esto, debemos construir un Estatuto y nueva Ordenanza en sintonía con esta necesidad.

Universidad debiese ser oportunidad para crecer. Para esto, son necesarias políticas claras de perfeccionamiento para funcionarios académicos y no académicos y la elaboración inmediata de “carrera funcionaria” para estos últimos, cuestión que la misma ley impone.

Universidad debiese ser respeto por nuestros cuadros académicos y no académicos. Para esto, es necesario desarrollar políticas de retiro, permanencia e inserción de funcionarios planificadas y dignas, evitando rupturas y enfrentamientos ficticios. Aquí, nadie “sobra”. Todos tienen legítimo derecho a transitar durante su vida funcionaria entre diferentes actividades, dependiendo de sus disciplinas y labores profesionales.

Universidad debiese ser “universalidad”, entendida no sólo como generalidad sino como interrelación y diálogo de saberes y, por lo tanto, implica decir: “¡¡no a la fragmentación!!”. Para esto, se hace necesario un profundo cambio  en la forma de gestionar y entender el gobierno universitario, uno que permita cultivar todas nuestras distintas áreas del saber (ciencias, tecnología, artes, humanidades, etc.) con la misma intensidad, haciéndolas dialogar entre sí.

Universidad debiese ser compromiso con todas las carreras que cobija, como parte de su herencia humanista. Para esto, es necesario entender que los criterios que fijan su creación o extinción no pueden depender de criterios financieros, sino que deben estar profundamente enraizados en el hecho de que nuestro compromiso ineludible es formar generaciones “pensantes”, seres humanos integrales, no sólo profesionales “eruditos” en sus disciplinas.   

Universidad debiese ser expansión del conocimiento, y de la cultura, como compromiso social, en todas sus expresiones, asumiendo los grandes desafíos que el siglo XXI nos presenta en estos ámbitos. Para esto, es necesario ser actores en el mundo externo y no meros espectadores pasivos o reactivos. Es necesario transformarnos en conciencia crítica, pero también creativa y propositiva de la sociedad. Esto significa establecer vínculos directos, sin intermediarios, con el gobierno regional y nacional, con el Estado, la empresa privada, el mundo de la cultura, el extranjero, etc. Lazos que deben tener un sólido carácter institucional.

No es imposible transformar los “necesarios” en realidades y, consecuentemente, aproximarnos a esta idea de universidad. Para eso, basta tener voluntad política y trabajo profesional altamente calificado, acorde con cada función que se pretende desempeñar. Liderar no es abarcarlo todo, sino saber dirigir, decidir sin transformar cada acción en una acto autocrático, delegar y compartir responsabilidades.

En este breve ejercicio se funda lo que considero el propósito final de una universidad, uno profundamente “humanista”, el de convertirse en un espacio donde prime, sin temores ni miedos, por sobre todas las cosas, la “LIBERTAD PARA CREAR”.